Tres tristes trágicos griegos. Parte II
Teatro y autores de la tragedia griega: Sófocles
Sófocles, oriundo de la grata Colono, bien podría haber sido hombre de buen semblante, bien proporcionado y airoso en el manejo de su persona, social y cultural en la Atenas del siglo V a. C. El segundo de los tres grandes dramaturgos nació hacia el 495 a. C. y vivió, según he escuchado, hasta los 90 años.
El vetusto trágico fue —y concédanme tal ensoñación— el arquetipo más representativo del ciudadano perfecto en los grandes y contados tiempos de Pericles «el Olímpico», ya que poseía una prestancia física merecedora de un atleta (disciplina que practicó con éxito en su juventud), holgada fortuna e intachable reputación que lo llevó a ocupar las más altas magistraturas de la pólis hasta el fin de sus días.
A los veintisiete años, un imberbe y lenguaraz Sófocles osó presentarse a certamen público y batir en enfrentamiento cotidiano nada menos que a Esquilo, quien por entonces prevalecía en la más absoluta cresta reputacional, abundante fama y gustoso honor. Esto ocurrió en el 468 a. C.
Lo sabrán, sin duda, ya que es mencionado en la primera parte de la retahíla que, propicia, traemos entre manos. Agregó, sepan, un tercer acto a la tragedia.
Aclamada victoria, retomemos, que inauguró un idilio ininterrumpido con el público ateniense, el cual duraría toda su vida; resultados felices que ni el peso de los años pudo sofrenar. De hecho, Edipo en Colono se estrenó de manera póstuma para enternecer a una Atenas que todavía lloraba la muerte de su rapsoda, acaecida en el año 405 a. C.
Permaneció activo hasta el final. En relación a Edipo en Colono, contaré lo siguiente. Próximo a los 90 años, su propio hijo trató de que los tribunales lo declarasen incompetente para el manejo de sus propios asuntos. Ansioso por tomar las riendas de la herencia familiar, intentó que los tribunales atenienses lo declarasen incapacitado para administrar sus bienes.
En su defensa, el anciano maestro y dramaturgo griego leyó, en plena audiencia pública, sublimes pasajes de este Edipo, en la que se encontraba trabajando en aquese momento. Por supuesto, ¡qué duda cabe!, desestimaron la demanda de inmediato y ganó el juicio. ¿Podíase, acaso, declarar demente a quien seguía dictando las pautas de la belleza en el mundo?
La devoción de sus conciudadanos fue tal que, tras exhalar su último suspiro, los atenienses lo elevaron formalmente a persona dotada de gracia o sensibilidad poética, rindiéndole veneración, liturgia como a un semidiós. Tal era el honor que se tributa religiosamente a lo que se considera divino o sagrado. Imagínense…
El consentido de Atenas
Detrás de esta etopeya de bienaventuranza cae como gota de agua la gran «tragedia» de la transmisión textual. Se sabe que Sófocles fue admirablemente prolífico, escribiendo entre 120 y 130 tragedias. No obstante, solo se han conservado siete piezas completas y los fragmentos de un drama satírico. Ahora bien, de estas legadas tragedias, tres versan sobre el ciclo tebano: Antígona y los Edipos1.
Ea, la fortuna nos ha sonreído. Las obras que lograron sortear el paso del tiempo pertenecen enteramente a la madurez y senectud del autor, escritas entre sus cincuenta y sus ochenta y siete años.
Hacia 1204, albores del siglo XIII, el único lugar donde el cuerpo total del saber helénico seguía aún milagrosamente intacto era la capital bizantina, Constantinopla. Mas como resultado de su conquista por los cruzados, Constantinopla fue asediada, saqueada y destruida implacablemente por los propios ejércitos cristianos occidentales, perdiéndose para siempre casi todo el gran tesoro del antiguo saber griego.
Causa de este salvaje saqueo es, en concreto, por lo que solo contamos siete obras y algunos fragmentos de las más de cien que escribió Sófocles. El resto, reducido a cenizas por los cruzados.
La catástrofe de 1204 nunca podrá ser reparada; del maravilloso mundo griego, del deslumbrante universo literario de la Grecia clásica nunca podremos conocer más que unos pocos, aunque preciosos, fragmentos. El resquicio los hallaremos flotando o hundidos en el vinoso ponto o mare nostrum.
Alégrense, no obstante, porque disponer de este corpus, aunque sea menudo, es un recordatorio de por qué, veinticinco siglos después, síguese buscando en tales odas la satisfacción a una pregunta, duda o dificultad que llama a nuestra propia e inmensa realidad insondable.
De la teología al teatro
Al comparar la obra dramática en la que predominan rasgos propios de Esquilo con las «otras» peripecias dolorosas de la vida mortal que nos lega Sófocles, resulta harto evidente que el mancebo adversario granjeó tal trato en una actualización que alteró el teatro en todo, esto es, decidida inclinación hacia la eficacia escénica y la creación de caracteres profundamente humanos2.
Ligeramente y de paso en el reconocimiento, el principio potencial y pasivo, la esencia parece la misma, pues ambos bebían de las inagotables fuentes del mito y la fábula ancestral, mas el tratamiento sófocleo es inapelablemente distinto.
Tramas que ganan en densidad y variedad, estructurando la sucesión de escenas e ideando para describir con pormenorizada fidelidad al protagonista desde múltiples recodos. Tal vez Esquilo pretenda aleccionar, inculcar determinadas ideas o creencias; y tal vez Sófocles pretende tratar la mente, la conducta en personas, la manera de sentir de un individuo o de una colectividad.
Sófocles utiliza los rasgos y tonos de especial colorido y expresión en aquesas obras literarias dramáticas no como adorno, luego sí como lengua para un boceto finísimo del alma humana. El centro de su universo resuena angustioso, extraído de abstracciones divinas, y siempre vuélvenos a conmover tiempo ha.
Paso de un timbre de voz a otro
Por más que el versado Sófocles poseyera un espíritu hondamente religioso, bajo su piadoso ser el teatro padece un copernicano giro. Los dilemas éticos y vanguardistas sustituyen a la tiesura de la conciencia mística de Esquilo. El hado contémplase desde el interior del hombre, indisolublemente unido a sus propias decisiones y pasiones.
El individuo cobra sentido en tanto que materia rica, que se multiplica en episodios marcados dentro de la tragedia, como veremos más adelante en Antígona, o en varias obras como el par de Edipos o Filoctetes (de estas últimas: la de Lemno, conservada; la de Troya, perdida).
Rompe o abniega el literato griego con la tradición. Entonces concentra su interés en una zona más reducida pero infinitamente más íntima: el trágico dramaturgo antepone (de manera arriesgada pero virtuosa) el tratamiento, las hazañas de sus héroes o heroínas como semejantes y no como semideos, destacados adalides de las antiguas mitologías descendientes de un dios.
Para desarrollar su concepción artística ya no hace falta alguna la sucesión de descendientes ni tampoco una completísima saga familiar. Bástele un singular drama, un mero individuo, escuetas horas para tender ante la muchedumbre la vastedad sensitiva e intelectual que no son sino el principio de la forma y la sustancia de los seres humanos.
Recuérdese ahora, o mejor aún, permítanme recordarles que si el modelo de Esquilo era el de moverse por el ámbito conflictivo de las maldiciones familiares, el uso de la trilogía como estructura, y la naturaleza de los héroes se agraciaban de ser colosales figuras, Sófocles revoluciona al individuo, a su psique en un drama único e independiente y sus protagonistas aparecen como falibles, como pudiera serlo una divinidad.
Verán en Sófocles algo menos de «poesía», pero no se equivoquen, pues la «poesía» de este es otra: otra más clara y más llana, decorosa y ornamentada elegantemente, dignísima mesura si se me sigue apretando, animada vivacidad en el diálogo; por lo que, retomando las palabras iniciales de esta interpretación, es de buen entendimiento y de buena solera sonreír, reír tal vez, al fabular a los griegos y sus celebraciones hacia un Sófocles, para ellos, modélico, ideal en la producción teatral, magno en la socorridísima tragedia.
Honorable Áyax
Áyax (Αἴας), pieza de innegable aroma homérico que, por la sobriedad de su disposición y orden en que está compuesta tal ingeniosa obra, todavía arrastra las repeticiones cantadas en el estilo esquiliano. Obra, por otro lado, menor en cuanto a similar mito y próximo en fecha, lengua y métrica, Antígona.
Paladín desmesurado y atrapado en la demencia, en el delirio, situándose en abierta pugna con los principios morales de su período. Víctima propiciatoria de su propio pundonor y de una pasión desbocada que no admite arbitrio proporcionado que se toma o sigue para salir de la discordia.
El trágico héroe acaba con su propia existencia, debido a no mera locura impregnada en su carne. Teucro, hermano de aquel, custodia el cadáver contra la oposición de los Átridas3, jefes del ejército, y junto a la gracia y generoso auxilio de su experimentado rival Odiseo, logra darle honrosa sepultura.
Todavía se discute la unidad de esta tragedia, argumentando que la expiación del protagonista a mitad de la función no es justa, razonable; aunque el cuerpo de Áyax caiga desplomado sobre su espada, su espíritu y la sombra de su deshonra dominan y tensionan la acción dramática de manera omnipresente hasta que queda interrumpida.
¿Manda el corazón?
Con Antígona (Ἀντιγόνη), se reinterpreta la leyenda argiva que ya había transitado Esquilo en Los siete contra Tebas. En el lugar que se desarrolla el suceso colisionan dos fuerzas hercúleas: ora el rey Creonte, ora la joven Antígona.
Ella decide desobedecer las órdenes del monarca para enterrar el cadáver de su hermano Polinices, condenado por el Estado a pudrirse al sol como pasto de las aves de rapiña por haber sido un enemigo de la patria.
Pongámonos en situación. Cuando se cumple el mandato de Etéocles, uno de los cuatro hermanos, Polinices reclama su hora. El primero se niega, y el segundo, junto a seis jefes argivos, capitanea una expedición contra Tebas. Los siete caudillos fenecen, Polinices en combate singular con su hermano Etéocles, no sin dejarle también herido de muerte.
Creonte, hermano de Yocasta, asume el gobierno de Tebas; se da el entierro pertinente a Etéocles mas no a Polinices. Uno defendía con orgullo su ciudad. Otro atacaba sin miramiento alguno. Antígona entierra a su hermano, cuidadosa de cumplir la ley familiar. Creonte, campeón de la ley ciudadana, hace sepultar a Antígona y asiste, consecuentemente, a la de su hijo y su mujer.
Las leyes divinas —santas, inviolables y dictadas por el amor fraternal— se desentienden de las leyes civiles de la pólis, severas y justificadas bajo el pragmatismo de la utilidad pública.
Lo crean o no, Antígona no es una mártir ingenua; obra con la firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar, de que el mandato de la sangre la conducirá irremediablemente al inframundo.
Marcha hacia su aciago destino con abrumadora entereza, adelantándose al castigo real mediante el sacrificio, la ofrenda de su psiquis.
Antígona sigue siendo, al menos para el que escribe estas líneas, el orbe de la repulsa frente al abuso de cualquier presunta superioridad. Defensora, de otro derrotero importante: la sabiduría de los jóvenes frente a la autoridad de los ancianos, voces mandatarias y populares.
Llamas de una obsesión
En una línea similar a la de Antígona, mas con un temple teatral que no es lo mismo, se sitúa Electra. Sófocles aborda en esta obra el enérgico mito de la cultura griega, no siendo otra que la venganza de los hijos de Agamenón, vencedor de Troya, Electra y Orestes, quienes ejecutan a su propia madre, Clitemnestra, para vengar el asesinato de su padre.
Tema fascinante que sedujo a la Atenas de la época, acometido también por Esquilo en las Coéforas y diseccionado contemporáneamente por Eurípides en auténtico lid de prodigios.
Lo que hace única la versión de Sófocles es la movilidad y la trepidante variedad de los acontecimientos que no buscan el espectáculo per se, empero sí provocar magnas reacciones en Electra, los contornos de su dolorosa y obsesiva personalidad.
La huida de la mismísima existencia
Pronunciar Edipo rey (Oι̉δίπoυς τύραννoς) es internarse en lo interior, en la que unánimemente se considera la obra maestra de Sófocles y que Aristóteles catalogaría en su Poética como la tragedia perfecta.
La premisa es la que sigue: Edipo, hijo de Layo —un rey tebano a quien los dioses prohibieron tener descendencia, convirtiendo su nacimiento en el pecado original de la descendencia que representa y cuyo lugar toma—, se deshace de su padre y se desposa con su madre, Yocasta, ignorando por completo el lazo de sangre que los aúna.
Tienen cuatro hijos, a saber: Polinices, Etéocles, Antígona e Ismene. Al caer en la cuenta de su mal hacer, deduce no continuar en el trono; sus hijos reinan un año cada uno alternativamente, por sorteo, siendo el primero de estos Etéocles.
Ay, el célebre verso de don Pedro Calderón de la Barca; el mayor delito de Edipo es, simplemente, haber nacido, y de ese pecado involuntario germinan el parricidio y el incesto.
¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! / Apurar, cielos, pretendo, / ya que me tratáis así / qué delito cometí / contra vosotros naciendo; / aunque si nací, ya entiendo / qué delito he cometido. / Bastante causa ha tenido / vuestra justicia y rigor; / pues el delito mayor / del hombre es haber nacido.
—Fragmento de La vida es sueño
El audaz Sófocles se atreve a proponer que los más sagrados edictos que confieren la naturaleza han sido reducidos a polvo sin conciencia de culpa. Ergo el orden cósmico es tan implacable que la fechoría debe ser castigada de manera adusta, independientemente de la ignorancia del perpetrador.
¡Vean, pues, la caída! Vean cómo un hombre fundamentalmente bueno, honrado, gobernante justo y padre devoto, es empujado por su propia e implacable búsqueda de la verdad hacia el abismo de la abyección y la mayor ruina.
Décadas posteriores, al final de su larguísima vida, Sófocles, ya anciano, regresaría a su personaje predilecto en Edipo en Colono. Tras años de vagar como un mendigo ciego sostenido solo por el amor de su hija Antígona, el desdichado encuentra por fin la paz.
Su partida hacia el Hades es, entiéndase, una apoteosis, ensalzamiento en el que Edipo está o va más allá y se convierte en una divinidad protectora, un talismán ascético.
Propio de una persona enamorada
En Las traquinias (Τραχίνιαι, o Las doncellas de Traquis), el relieve se desplaza hacia la fase declinante que precede al final de Heracles (Hércules), el héroe que liberó al mundo de monstruos pero que no pudo escapar de sus propias pasiones. A todo esto, el verdadero corazón de la obra reside en el personaje atribulado de Deyanira, su actual esposa.
Deyanira es el fiel retrato de la mujer madura que ve cómo su juventud se desvanece mientras combate los celos provocados por el último idilio de su esposo con una joven cautiva, Íole.
Ansiosa por recuperar el amor perdido y atrapada en desesperado candor, dilucida valerse de una túnica impregnada con lo que cree que es un filtro de amor. Lo que entrega a su marido, realmente, es un filtro de muerte que lo consume en feroces pesares.
Desarraigos
Filoctetes (Φιλοκτήτης) nos descubre la apostilla de la guerra de Troya para examinar o reconocer un drama contrapuesto a lo clásico y establecido, o de la enfermedad y la exclusión. El protagonista, aquejado por una herida purulenta cuyo hedor resulta enojoso, es abandonado inhumanamente por sus compatriotas en una isla desierta.
Tras diez años de absoluto aislamiento y dolor, los giros de la guerra obligan a los griegos a regresar, pues una profecía estipula que solo el arco mágico de Filoctetes podrá rendir la ciudad de Troya.
Filoctetes encarna el dolor físico, el rencor legítimo y la dignidad del marginado, mientras que, opuestamente, Odiseo (Ulises) es hombre de Estado4, astuto y maquiavélico, que justifica el engaño para encauzar la difícil empresa que le ha sido encomendada por el bien común.
El duelo ético entre la vulnerabilidad del náufrago y la estrategia de Odiseo vertebra una función cuya resolución final, ante el enconamiento de las posturas humanas, requerirá la intervención providencial de un deus ex machina.
«Instrúyeme, oh, Sófocles, en letras humanas»
Con esto, se cierra el análisis del corpus sófocleo. Aunque sus personajes provienen de los mitos y las fábulas heroicas, ya no son las figuras rígidas y semidivinas del teatro de Esquilo.
Los héroes de Sófocles rezuman el céfiro de la Atenas de Pericles; son el centelleo del humanismo idealizado que esculpía Fidias en el Partenón. Por eso poseen un valor ecuménico que permanece intacto cuando los desnudamos del armazón de la confabulación mítica.
Con Sófocles, el célebre aforismo délfico «Conócete a ti mismo»5 (en gr. γνῶθι σεαυτόν) abandona la abstracción de las escuelas filosóficas y se convierte en carne, sangre y hecho sobre la arena del teatro.
Sus hombres y mujeres siguen atrapados en el harto conocido enredo del destino, el cual pasa directamente por el carácter, lo que aleja en suma la fatalidad a la que suele ser encomendada. Al humanizarse, los personajes adquieren la capacidad de dudar, cambiar y reaccionar de formas diversas ante las contingencias de la fortuna.
Esta representación del alma humana alcanza con idéntica notoriedad a las figuras femeninas. En el teatro de Sófocles, las mujeres no son comparsas ni alegorías, donde Antígona o Deyanira poseen extensa complejidad psicológica, una resolución y una estatura trágica tan impecables y memorables como las de Edipo o Filoctetes.
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Por lo demás, gracias…
Nombre colectivo que engloba a las tragedias dedicadas al mito.
Explicación directa de lo que constituye esa «modernidad» teatral.
Apelativo patronímico de los descendientes de Atreo (Agamenón y Menelao) en el contexto de la épica helena.
Respecto a la trama mitológica, las motivaciones políticas del Odiseo sófocleo.
«Intención persuasiva. Aunque modernamente es corriente atribuir esta frase a Sócrates porque la cita en varios de los diálogos de Platón, la sentencia era bastante más antigua.
Se dice que estaba inscrita en el templo de Apolo en Delfos y se atribuye a alguno de los Siete Sabios o al propio Apolo, que la habría dado como respuesta cuando Quilón (uno de los Siete Sabios) preguntó al oráculo de Delfos qué era lo mejor que podían aprender los hombres.
Fuera cual fuera su origen, la sentencia latina Nosce te ipsum tuvo una gran difusión y prestigio en la antigüedad, y su fama dura hasta nuestros días. Es uno de los consejos de Don Quijote a Sancho (II-XLII)». | CVC (Centro Virtual Cervantes).





