Deseo hablarles de lo que siento ante La odisea (2026), desmarcándome un poco de la avalancha de videoensayos y análisis técnicos que nos inundan día tras día; mas, conociendo mi debilidad por estas lides intelectuales, es muy probable que termine cediendo a su embrujo. Después de todo, he aquí un alma apasionada por la cultura, alguien que se emociona sin remedio ante cualquier destello de belleza humana.
No me alargaré mucho, pero esta será, les advierto, una lectura pausada y extensa en próximos días porque, supongo, tendré más cosas que decir. Por ello, les pido que dejen fuera las prisas, permitan que el pulso se acelere con esa primorosa expectación previa a que se apaguen las luces al cruzar el umbral de una sala oscura, y déjense envolver de manera calmada y gustosa por lo que está a punto de acontecer.
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Refugiando pasiones
Saben bien que este espacio nació con vocación literaria, pero sus disciplinas hermanas siempre han sabido anidar en la gran literatura. Mi mayor dilema fue si debía consagrarme al principio de las letras o al designio del cinematógrafo.
Ambos se unen como dos colores, todo siendo a un tiempo; forman parte de mí, como cielo e infierno, teñido de luz y de oscuridad: tanto quema como alivia, tanto huye como acosa, tanto es fuego en la fuente como gotas de rocío en el Sol, si es que esto cobra algún sentido para ustedes.
Afortunadamente, para resolver aqueste cisma interior, hoy cuentan con los Pinakes. Placentero me resultaría desentrañar la historia del cine que, junto con la historia de la literatura, constituye una de mis más fervorosas pasiones. Brotan del mismo deseo, no siendo otro que el de transmitir, narrarles el amor incondicional por las grandes historias que nos han precedido.
Traduciendo mitos
En primer lugar, hagamos un repaso de cortesía. Oigan entonces estas historias, que les hablarán de amor y de sufrimiento, pues las alegrías y las cuitas van de la mano.
La obra de Nolan se situaría de inmediato en extraordinaria fantasía y crecido esfuerzo por contarles lo que uno (si creemos en la autoría original) ya se atrevió a contar, guiándoles más o menos bien, pero sobre todo gracias a compartir mesa con el Ulises (1954) de Mario Camerini, la siempre espectacular Troya (2004) de Wolfgang Petersen y esa suerte de entendimiento que es El regreso de Ulises (2024) de Uberto Pasolini, lo que me lleva a pensar que a veces juzgamos demasiado por el color externo y por la envoltura visible del corazón; si hay intención noble, no se les negará el premio de un inmaculado prestigio.
En segundo lugar, no pretendo jugar aquí a ser arqueólogo ni historiador del mundo micénico; para señalar gazapos ya están los especialistas. Que hay licencias históricas es innegable —las hay en el preciso instante que la ficción osa tocar el pasado—, pero rastrearlas es un divertimento dispar que les invito a realizar por su cuenta.
Sopa de fideos y lentejas
Entremos, pues, en el meollo de la cuestión: ¿qué es, en realidad, una adaptación? La Odisea que conocemos es ya, en su génesis oral, la adaptación de una adaptación de una adaptación… Si a eso le sumamos que la gran mayoría la leemos traducida, el concepto de «original» se diluye y sucede como con el espejo y la falsa imagen del mundo que tiene aquel privado de la vista, no en vano imagen fugaz, sin nada detrás, turbia luz inconstante y causa de una efímera alegría.
Siempre he sostenido que el cine y la literatura son dos lenguajes que ejercen o poseen cierta autoridad suprema e independiente, una verdad elemental que, extrañamente, al público actual le cuesta aceptar. Juzgar una película basándose únicamente en su fidelidad al escrito me parece tan infructuoso como intentar mezclar una sopa de fideos con lentejas.
¿Acaso alguien impugna el valor de una obra de arte en el Museo Nacional del Prado porque el pintor alteró un pasaje bíblico o mitológico? Admiramos el lienzo por sus claroscuros, su composición y su genio. Si aplicáramos al arte pictórico la misma cortesía, buena crianza y urbanidad en el trato y costumbres que hoy se le exige al cine, el mundo del arte se desmoronaría por completo.
Cuando me siento ante el Drácula de Coppola, no busco la silueta de Bram Stoker; busco —y encuentro— a uno de los directores más virtuosos de su generación en el cénit de su carrera. Cuando visito el hotel Overlook en El resplandor, no persigo la prosa de Stephen King; persigo la soberbia y geométrica mirada de Stanley Kubrick.
De hecho, si se atreven a mirar, se puede constatar cuántos de los portentos del séptimo arte se suceden, nacidos en el punto de la narración acaecida en páginas de un libro:
Trono de sangre (Akira Kurosawa, 1957)
Campanadas a medianoche (Orson Welles, 1965)
Apocalypse Now (Francis F. Coppola, 1979)
Stalker (Andrei Tarkovski, 1979)
Excálibur (John Boorman, 1981)
Blade Runner (Ridley Scott, 1982)
Curioso, ¿verdad? Vean tan solo unos poquísimos ejemplos, demasiados pocos que espero no nublen su buen juicio y dejen acaso tal cometido a no pocos necios que huyen, retroceden al no querer saber el sentido profundo de estas historias y las buenas doctrinas que ofrecen, a ser posible, pues no captan su verdadero sentido.
De relatos
Por otro lado, no soy inmune al problema del lector resabiado, descuiden. Mi mente, acostumbrada y acompañada por tales libros, cuantiosas lecturas, a menudo me susurra al oído una preocupación caprichosa y a veces extravagante por un tema o cosa determinados durante la proyección de una película que adapta el texto: «Oye, eso no pasaba así» o «¿De verdad han hecho esto con este personaje?».
¡Oh, pero me niego a concederle crédito a ese boicoteador muy escondido, reservado y oculto! Por supuesto que hay matices (intenten no alterarse con demasiada prontitud) y si una decisión cinematográfica es torpe, ha de señalarse sin paños calientes. Igualmente disfruto debatiendo las diferencias con el texto original en una buena sobremesa, pero jamás utilizo el agravio comparativo para valorar la visión per se de quien dirige.
No les diré si esta es una buena o mala adaptación de un poema épico que ni siquiera fue concebido para ser leído en la soledad de una habitación. Les diré, en cambio, que es una magnífica reformulación de una historia viva; una historia que cambia, evoluciona y muta con el devenir de los siglos.
Los relatos, al ser contados, mudan de piel, alteran su tono y modulan su voz para adecuarse a las audiciones de su tiempo. Nosotros mismos no les contamos el mismo cuento a nuestros hijos, sobrinos o nietos de la misma manera dos veces; adaptamos el mito a lo casero, hogareño, familiar, persiguiendo la emoción y la armonía del momento.
Sepan que Christopher Nolan dispone sin avergonzarse (es cierto, aunque parezca extraño) toda la herencia recibida de los antepasados: nos está contando la epopeya tal y como él la siente, tal y como él la percibe al escucharla, leerla y verla en diferentes orígenes, principios.
La odisea de Nolan es un excelente ejemplo del interés que suscita la Antigua Grecia y su mitología para el mortal contemporáneo, así como la relación que mantenemos con la fe, que parece estar renaciendo, o con nuestros propios dioses, ya sean externos o internos.
De poéticas
En cualquier caso, permitiéndome el lujo de recurrir a una de mis predilectas teorías literarias, sí se encontrará el espectador con que la majestuosidad dramática y el poder habitan en la imperfección.
Si placen pasear por el corredor descubierto o con vidrieras que da luz a las almas de los personajes más memorables de la historia de la literatura —pienso en Alonso Quijano, Hamlet, Macbeth, Edipo u Otelo—, hallarán que todos ellos están marcados por lo insalvable, a razón de una anquilosada indecisión, ambiciones desmedidas o celos malsanos.
Muy llamativo es que nos reconocemos en sus miserias, tratándolos como seres didácticos, sin oposición a la triste realidad que nos apesadumbra en momentos evidentes de nuestra vida.
Esta idea, en realidad, no es nueva; la dejó bien asentada Aristóteles en su Poética al definir las mecánicas del alma humana sobre el escenario. Argumentaba que el héroe trágico verdaderamente eficaz es aquel que no destaca por absoluta virtud ni depravada maldad; luego cae en desgracia debido a un error de juicio o a una fragilidad inherente a su condición.
Es el territorio donde no se es ni santo ni demonio lo que humaniza al héroe épico. El arte, al cabo, alcanza su propio Olimpo cuando emula la falta o defecto ligeros de la vida real, forzando al público a experimentar una catarsis tan genuina como dolorosa.
De naufragios
La propuesta narrativa de Christopher Nolan en esta Odisea adquiere la conciencia necesaria sobre ese «defecto fatal» de Odiseo: la hibris, el orgullo desmedido. El héroe comete el pecado supremo de creerse igual o superior a los dioses, convencido de que las leyes del cosmos y los decretos de Zeus no operan sobre él, y que puede burlar el destino sin pagar correspondiente peaje.
Pongo el acento en cómo se filma ese descenso a los infiernos del ego. El camino de este Ulises, al igual que pasa con el manuscrito, no es solo un regreso al paisaje antes habitado, a Ítaca, sino una invitación a deponer las armas del control absoluto, a asumir que no puede abarcarlo todo y a entender que, ocasionalmente, la gesta con mayor sinceridad consiste en dejarse llevar y aceptar la propia vulnerabilidad frente a la inmensidad afrontada.
Hay quien ve en Odiseo un odio manifiesto hacia los dioses; otros ven la culpa más bien en la muerte de sus compañeros. Pero también el odio o la culpa se nutren de su paso por Troya, de sus acciones en el transcurso del viaje que se tornan particularmente difíciles.
Quién sabe si en los siguientes días actualizaré esta publicación con más detalles de la película en sí, lo que aparece y lo que no, todo eso que ya se haya podido decir. O quizá por eso mismo no lo haga, o lo haga en un post diferente. Pues sí, aladas dudas asaltan mi ánimo, mas se me escapan como una liebre asustada.
El niño que habitaba los mundos ficticios
Lo que sí afirmo es que amo la literatura y el cine por igual; son los dos puntos cardinales de la atención propia o particular de mi persona. Quienes me conocen tiempo ha saben que esta querencia viene de lejos.
En la niñez, era capaz de pasar horas y horas recluido en mi habitación, jugando con muñecos, inventando epopeyas, cantando gestas heroicas y dando rienda suelta a la imaginación.
Bastaba que viese una película en la pantalla grande o terminase algún cómic para que, de inmediato, los juguetes protagonizaran mi propia versión de los hechos. Mi madre todavía lo recuerda con una sonrisa. De hecho, en algunas viejas fotografías familiares que suelo repasar cuando visito a mis padres, siempre aparece algún muñeco en primer plano o asomando entre mis manos.
Siempre he vivido en mundos ficticios, ya fueran construidos por mentes ajenas o edificados por la mía propia. Ese territorio de fábula sigue siendo hoy mi cobijo más seguro y el epicentro de mi mayor felicidad.
Por eso mismo me resulta tan ajeno ese empeño en odiar un libro o una película. La madurez, por supuesto, nos otorga el derecho a juzgar, a ejercer la crítica constructiva e incluso a adoptar esos neologismos de moda —como FOMO o woke— para no quedarnos fuera de la conversación digital.
Pero de ahí al insulto y al desprecio militante media enorme sima. Esta entrega de la newsletter es, estemos de acuerdo, distinta a las habituales; pero considero que tal desvío era necesario para que conozcan mejor la manera de mi relación con el arte.
Por cierto, y a petición expresa de «Nadie» —permítanme el homérico guiño olvidado por el director británico—, como devoto confeso del cine nolaniano que ha saboreado toda su filmografía, comparto aquí mi escala de valores absolutamente personal (y sujeta, como siempre, a los caprichos del tiempo):
Dunkerque (2017)
Origen (2010)
Oppenheimer (2023)
Interstellar (2014)
Trilogía El caballero oscuro (2005-2012)
La odisea (2026)
Following (1998)
Memento (2000)
El truco final (El prestigio) (2006)
Tenet (2020)
Insomnio (2002)
No les quepa la menor duda de que volveré a aventurarme hacia la cueva de Polifemo, a ora olvidar, ora recordar en la isla de Calipso, y a plantar cara a los pretendientes varias veces más para seguir descifrando dicha Odisea cinematográfica. Las grandes historias tienen la manía de nunca revelar todo en el primer viaje.






Productos diferentes, en soportes diferentes, con fines diferentes y para públicos diferentes. Hay que empezar por ahí, ¡luego ya cada uno allá consigo mismo!
¿Y cuántas adaptaciones fílmicas o televisivas de la literatura no nos llevado a sumergirnos en el texto que las suscitó? En lo personal, ha sido otra de mis formas para allegarme a la lectura literaria, así como también lo ha sido el disfrutar de aquellas adaptaciones sobre obras literarias que me son tan queridas.
Rasgarse las vestiduras por juzgar (¿o prejuzgar, más bien?) si una adaptación se acerca o no, o si cumple o no, con el cometido del texto original, me parece mero esnobismo... ¿o será acaso un pretexto más para quienes disfrutan del nudismo?
Excelente entrega, Javier. Harto disfrutable y ni qué decir que coincido por completo contigo. Recibe un cálido abrazo de mi parte y gracias.